La filosofia que hi ha darrera el disseny d’aquest espai s’inspira, en gran part, en les reflexions i propostes de la pediatre Emmi Pikler sobre el respecte de l’activitat autònoma de l’infant, del seu temps i el seu espai.

La filosofia que hay detrás del diseño de este espacio se basa, en gran parte, en las reflexiones y propuestas de la pediatra Emmi Pikler sobre el respeto a la actividad autónoma del niño, de su tiempo y su espcio.

Citamos textos de referencia:

Para permitirles libertad de movimiento a los niños, dice Emmi Pikler, es importante que ellos tengan espacio suficiente para moverse y ropa que les permita mover sus miembros cómodamente. El espacio para los niños debe además ser seguro y estar adaptado a ellos. Y si bien el adulto está siempre junto al niño y lo incentiva a desarrollarse, no debería ofrecerle su ayuda en lo que a movimientos respecta: no se lo sienta, no se lo pone de pie, no se le ofrece un dedo para que pueda sostenerse ni se lo “tienta” con juguetes para que avance. La autora aclara que la no intervención del adulto no se debe a una falta de interés en el niño; por el contrario, los adultos festejan con regocijo el adelanto del niño, como lo harían si ellos hubieran intervenido en el desarrollo de manera activa. Por último, el adulto debe mantener con el niño una relación paciente y respetuosa.

A continuación podéis ver un esquema de la evolución de estos movimientos:

  • Està estirado sobre su dorso y mueve el cuello hacia un costado, hacia el otro y los brazos de tanto en tanto. Hacia los dos meses observa las  manos y más tarde coge algún objeto.
  • El niño realiza cada vez movimientos más variados con los brazos y tronco. Descubre sus pies, los mira pero no puede todavía cogerlos.
  •  Se gira sobre un lado y a la cabeza de un tiempo ya se puede girar sobre la barriga y volver a la posición de antes.
  •  Su tronco y abdominales ya han madurado y sus manos y sus pies ya se pueden encontrar, puede jugar tanto con las manos como con los pies, o con todos a la vez.
  •  Puede quedarse jugando sobre la barriga fortaleciendo su tronco, y sus pectorales. Ya tiene muchas maneras de moverse en el tierra. Va adquiriendo fuerza a los brazos.
  •  Se empieza a desplazar girando o rastreando, con los codos o con las manos. Entra y sale de la caja.

Pikler estaba convencida de que el desarrollo motor es espontáneo; y aseguraba que, si se les proporcionan ciertas condiciones, los niños alcanzan por sí mismos un desarrollo motor adecuado. El adulto no “enseña” movimientos ni ayuda a realizarlos, y los niños se mueven y se desarrollan regidos por su propia iniciativa. Por otro lado, no se le impide al niño la realización de ningún movimiento, por lo que en este sentido es completamente libre: si un niño que camina quiere reptar y rodar, no hay nada de malo en eso.

¿Pero no es bueno que los adultos “ayudemos” a nuestros niños y les “enseñemos” a realizar los movimientos? A esta pregunta Emmi Pikler respondía que “ayudar” a los niños cuando ellos no están listos para realizar ciertos movimientos por sí mismos es perjudicial. Y explicaba que muchas veces el adulto actúa motivado por la costumbre: estamos habituados a hacerlo, y eso nos resulta habitual. Pero que exista el hábito no significa que sea beneficioso.

En su libro Moverse en libertad, la pediatra observa varios inconvenientes de esta ayuda modificadora del adulto:

  • Primero, al poner al niño en una postura que no podría adoptar por sí mismo lo obligamos a estar inmóvil: el niño no puede salir de esa posición. Si, por ejemplo, echamos boca abajo a un bebé pequeño, en contraposición con dejarlo boca arriba, donde puede moverse, tomar sus pies, mirar para los costados, estamos frenando su capacidad de movimiento.
  • En segundo lugar, las posiciones en las que ponemos a los niños no son normales para él o ella; como consecuencia, la postura de los músculos no es natural, es forzada, y los músculos quedan tensos o con malas posiciones.
  • Por último, el niño que hemos puesto en una posición a la que no puede llegar solo queda condenado a depender del adulto para cambiar de postura. Estaremos fomentando su dependencia del adulto y frenando su desarrollo autónomo.

Además, con intervención del adulto, el niño pierde etapas intermedias de su desarrollo motor, como el reptar (muchas veces cuando un niño que está sentado decide deslizarse para reptar, sus cuidadores lo levantan y vuelven a sentarlo, inhibiendo su voluntad y ejerciendo una prohibición sobre el movimiento) o el gatear, etapas que son necesarias antes de adoptar posturas nuevas y de conquistar destrezas más avanzadas.

 

 

 

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